Orfeos por alusiones

/NARRATIVA

· Roger Ferran i Baños ·

Em plau, d’atzar, d’errar per les muralles, por murallas de imágenes, versos y recuerdos forzados a entrar en viejas cajas de cartón: Estiu 2010, Coses de petit, Fotos 1996, leo, con la letra perfecta de mi madre, en su catalán de filóloga. De repente, se escapa una foto de mi adolescencia, que más o menos reproduzco en este garabato, disfrazado de Orfeo. La barretina de Dalí que me tejiera mi abuela calzada en la cabeza a modo de gorro frigio, el de la República de Delacroix cantada por Bandini. Incluso fabriqué una lira de cartón que imitaba el caparazón de tortuga de las recreaciones historicistas más exactas.

¿Estaba enamorado, por aquel entonces, muy enamorado, yo también, de alguna Eurídice? No lo recuerdo, pero todos los indicios apuntan a que no. Miro entre los otros objetos y manuscritos de la caja (recuerdo de cuando aún tomábamos apuntes a mano) sin hallar ningún verso, nadie sospechoso de ser aquella Eurídice. Sin embargo, debajo de algunas revistas de historia y de ciencia-ficción, estaban guardados algunas notas y algunos nombres, además del paseo de dos semanas atrás por Montjuïc. Los saco, manchados por la humedad, para leerlos con calma y, al girar un momento para atrás la cabeza, me acuerdo del libro que no consigo empezar a leer.

La traducción no es lo mío. Nunca he querido que lo fuera y aproximadamente desde la época de la fotografía o de mi impersonación orfeica vivo bajo la sombra del traduttore traditore y de las consideraciones del Quijote sobre las translaciones entre lenguas vernáculas. Sin embargo, puesto que las conversaciones que voy a referir no se dieron en castellano y se tiene que preservar la intimidad de los protagonistas, voy a hacer uso de este mecanismo, aun sabiendo que su resultado será inexacto. Sin duda alguna, es en momentos como este que uno maldice Babel y comparte los anhelos de los sabios antiguos para restaurar el lenguaje de Adán. Advertidos de las consideraciones, pues:

Fíjate en este alto monolito. Es de 1930. Fabra no debía de haber consolidado su reforma aún o, como aún estaban coleteando la dictadura y la dictablanda… En cualquier caso, me de la impresión de que la francofilia aún estaba muy extendida entre la burguesía barcelonesa. Si no, no entiendo por qué la ortografía de esta inscripción: Ah! se me sabien entendre! / Ah! se me voulien segui!

Miré la parte delantera de la columna y luego levanté la vista al cielo. El acanto, cual ángel, me llevaba hasta el busto metálico del poeta Frederic Mistral (1830-1914) que coronaba la columna.

No te confundas, Jasón le dije yo a mi compañero—. Esto es provenzal, escrito a la francesa, siguiendo las normas que primero Josèp Romanilha y luego Frederic Mistral dieron a este dialecto occitano (concretamente en su variante local de la Valle del Ródano) y lo elevaron a la categoría de lengua literaria internacional, hasta el punto de que el último ganó el Nobel de Literatura en 1904, siendo, junto al yiddish, la única lengua minoritaria que se ha llevado tal trofeo. También es destacable su tarea lexicográfica, puesto que compiló un diccionario panoccitano, el Tresaur dau Felibritge. Su obra y su figura inspiraron al fénix de la Renaixença catalana y, luego, por otra vía, incómoda y sinuosa, a la fascinación por lo latino, lo griego y lo mediterráneo, entre los novecentistas. 

Y la otra inscripción, a tu flanco izquierdo, Morta diuen que es, / pero jo la crec viva, ¿también es provenzal? Parece catalán, pero no tiene ninguna tilde.

Esta no, esta está en catalán. En este caso concreto, el cambio de lengua se notaría: mòrta dison qu’es, mes ieu la cresi viva, algo así, en lenguadociano y grafía alibertiana. En 1870 Mistral fue recibido en Barcelona con todos los honores y, según la leyenda, allí conoció a un joven vestido de payés al quequien, al verlo, le dijo Tu Marcellus eris. El joven era el vate Jacint Verdaguer (1845-1902), al que no hace falta presentar.

Hyacinthe, tu Marcellus eris.

Los pájaros salen volando, como ya pasó en el Estínfalo, esta vez por el estruendo de sus tripas. Viene hacia nosotros y descansa un momento apoyándose sobre su maza, como en las estatuas de la Wikipedia.

Exacto, la misma frase que titula el cuadro de Ingres, las mismas palabras que le son reveladas a Eneas en el inframundo, entre la Sibila y su padre Anquises, cuando desfilan ante sí los héroes del pasado y del futuro de Roma. Pero para que esto llegue a pasar y el troyano reviva vuestros viajes, Orfeo y Jasón, tenemos que llegar hasta el Park Güell y matar al dragón que lo guarda. Tengo hambre.

El Argo quedaba atrás y no me acuerdo si yo aún estaba vivo según Apolonio o si aparecía en esta escena en el poema del viejo Eumelo. ¿Era en esta Iberia, y no en la otra, donde desembarcamos? Estuve tentado de mirar atrás, y por el rabillo del ojo me pareció ver arrastrarse una tortuga lenta pero valiente. Incredibile dictu!

Volví al desván. Morta diuen que és, però jo la crec viva. ¿Quién era la Eurídice de Mistral, la que le asignaron los barceloneses cien años después de su muerte? ¿Es por la misma Eurídice que me vestí, como Verdaguer, con el gorro frigio que se estilaba en estas orillas? Entre notas torpemente manuscritas de la caja que tengo entre las manos, unos nombres, unas letras en cursiva hebrea asquenazí, que voy a transcribir como pueda: ABI, ‘mi padre’.

Una cara triste, una H minúscula al revés y una I y una C muy juntas.

Sé qué quiere decir, pero no entiendo qué significa. Me siento cansado y salgo un momento para estirarme en el sofá. Tengo por allí La ben plantada de Eugeni d’Ors, tentándome desde hace un par de semanas, pero para antes tengo un par de lecturas pendientes. Me conformo leyendo la contraportada: en ella se dice que d’Ors equipara la mujer con la patria, la mujer ideal, la Ben Plantada, con la Catalunya ideal. Eureka, me digo: Eurídice.

Como poseso por un dybbuk, entendiéndolo ya todo, vuelvo al desván de mis recuerdos y agarro el papel con la inscripción hebraica. Lenga, llengua, safá, lengua, palabras femeninas en occitano, catalán, hebreo y también en castellano. El mismo género gramatical que mujer en estas mismas lenguas y especialmente la madre, con la que forma un dueto que justo ahora los lingüistas posnacionalistas empiezan a romper, el de la lengua madre. Si en estas letras, rescatadas como de la Guenizá, se lee ABI, mi padre, la larga sombra de su eco, en nuestra mentalidad tan proclive a lo maniqueo, proyecta la madre. 

Pero también son las iniciales de Eliézer Ben-Yehuda (1858-1922), periodista y lexicógrafo que suele llevarse el mérito de resucitar la lengua hebrea después de siglos de estar muerta, por lo menos en el lenguaje oral habitual. Él mismo reconoce en la introducción a su Tesoro de la lengua hebrea antigua y moderna que la tarea del lexicógrafo solitario es equivalente a las tribulaciones del infierno. Como otro Orfeo, pues, bajó a los infiernos. Y otra vez la larga sombra de estas letras invocan a alguien más, Eurídice, en este caso rescatada en las ondas sonoras de la lengua hebrea. 

¿Del salón en el ángulo oscuro/ De Eliézer tal vez olvidad/Silenciosa y cubierta de polvo/ Veíase el arpa?

Temeroso entre quilos de papel, me enciendo un cigarrillo (y sonrío al pensar que, en turco, el tabaco recibe el alegre título de tütün) y voy absorbiendo mis divagaciones. Lengua-madre como reflejo deformado de madre-patria, pero reflejo, al fin y al cabo. Ya Propercio se dio cuenta de que, bajo el putíneo Augusto, el antónimo de Roma era amoR y por esto contemplaba los desfiles triunfales para la mayor gloria de Roma acurrucado entre los pechos de su amada. Patria y no matria, pero siempre mujer, como la tierra: tèrra, terra, tierra, adamá. En todas estas lenguas se establece una relación entre lo femenino y lo envolvente, puesto que la madre, el ser amado y la muerte envuelven el cuerpo humano en varios tipos de ensueños.

Y la lengua ¿es ella que nos envuelve en su mundo o somos nosotros que la envolvemos a ella con nuestra poética? Sea como fuere, para estos dos Orfeos modernos, Mistral y Ben-Yehuda, estoy seguro de ello, sendas Eurídices eran sobre todo la patria, que en el primero era la chica, que elevó con sus cantos librescos, y que en el segundo era la lengua, a la que consiguió volver a darle voz. Pero rara vez el discípulo supera al maestro y el provenzal de Mistral cedió ante el francés y, pese a que hoy en día el hebreo es hablado por millones de personas, Ben-Yehuda no consiguió salvar a su primera esposa de la tuberculosis que él le había contagiado. 

Comprendiendo un poco más, guardo las cajas del desván, preguntándome aún qué tiene que ver todo esto con mi carnaval de adolescente. De repente, siento como nunca la ausencia. Como leí en los diccionarios etimológicos, el nombre de Orfeo estaría relacionado con huérfano y el catalán orb (‘ciego’) y significaría privado, privado de Eurídice, aquel pasado que cae en el olvido, llevándose, fatalmente, tras de sí, una parte de nuestra propia alma. Ante ello, Orfeo se revela y canta, como J. V. Foix, m’exalta el vell i m’enamora el nou. Esta era mi Eurídice, y la de Mistral y Ben-Yehuda. 

Sí, el rescate es posible para los valientes, para los creadores, es decir, los poetas, que conmueven a Hades, pero no hay que mirar atrás, no dejarse seducir por las sirenas: he aquí el error del héroe, puesto que atrás es donde quedan las retrotopías de Bauman que taponan la vida nueva y el fluir histórico. Hay que agarrar la mano de Eurídice y, sin mirarla, llevarla a una nueva vida, confiando en el devenir, en el paso del tiempo. Ni Mistral repitió los tópicos trovadorescos al pie de la letra ni Ben-Yehuda restauró el hebreo de los tiempos de Moisés. Orfeo da voz a lo viejo en un nuevo lienzo. Con el arte, su lira, de caparazón de tortuga.

Y para deshonra del mito, supongo, suspiro, guardo todas las cajas, cierro el desván con llave y me vuelvo al sofá, bajando las escaleras de madera con mi tac-tac, tac-tac...

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