‘Negra’ insurrección

Homo sum et humani nihil a me alienum, puto

Terencio

EE.UU.

George Floyd murió asesinado por la policía el pasado 25 de mayo. El policía blanco que le asfixió se mantuvo erguido mientras ejercía una presión sobre su pecho. Él estaba en el suelo, derrotado. Gritó que no podía respirar. Bajo el peso del oficial murió. 

La comunidad negra americana (el 13% de la población) asumió esa frase, sintió el peso de ese cuerpo erguido pisando sus vidas negras, precisamente por negras. Salieron a la calle con los pulmones llenos para gritar lo mismo. 

En medio de un país, adalid de la libertad, con una grave violencia inimaginable en Europa occidental, la policía tiene derecho a disparar a la cabeza de un sospechoso porque éstos tienen derecho a poseer armas, dando pie a numerosas discriminaciones raciales y ambigüedades legales. Porque en EEUU el 40% de los presos son negros, el 52.2% de personas acusadas de asesinato son negros, el 52.4% de las muertes violentas son negros, los afroamericanos son arrestados 5 veces más que los “blancos”. Se necesita establecer un porcentaje obligatorio de afroamericanos en las escuelas para obtener un amago de igualdad social, y sin embargo las escuelas siguen siendo cerradas entre violentos altercados (el 80% de colegios de mayoría negra, sufren un altercado criminal).  

Los “afroamericanos” son una colectividad aplastada bajo el peso de una autoridad desmedida. Colectividad en lucha desde siempre, conquistando parcelas. Porque los EEUU tienen la comunidad negra que más tiempo ha luchado por la convivencia con la blanca. Es uno de los primeros países en abolir la esclavitud. El primero en tener un presidente negro (siendo esta comunidad una minoría), el primero en tener un premiado por la Academia de cine (en 1939 cuando ganó el Óscar una actriz negra por primera vez – precisamente la esclava Mammy de la polémica Lo que el viento se llevó). El que cuenta con los más heroicos luchadores por los derechos civiles, con la mayor conciencia política en una minoría. ¿Cómo no imaginar ese brutal peso de una rodilla? ¿Cómo aceptar tanta contradicción, tanta derrota en tan grandes victorias? 

Porque cuando alguien está siendo sometido a una tremenda presión, arqueado o caído bajo el peso de una inmensa mole de impunidad y de racismo atrapado en las mentes heredadas de la esclavitud, ese cuerpo vivo empieza a temblar. Si debajo de él, al lado de él, se sitúan millones de personas viviendo bajo el mismo peso, ese cuerpo vivo tiembla con más furor, empieza a gritar, a expeler amenazas, a desparramarse, a estallar. 

Son siglos desde que se abolió la esclavitud. Y esa abolición no trajo ninguna reflexión. Porque el motivo de la esclavitud no fue abolido. Porque los millones de personas que lo presenciaban y animaban no fueron abolidos. Porque la población sometida no fue compensada, ni pensada: el racismo inicial de considerar que los negros no eran humanos tampoco fue abolido. Porque los relatos de horror que transmiten los pocos libros no fueron escuchados, o al menos, no fueron comprendidos. Porque la esclavitud se transformó en otras formas de opresión. Azotes, violaciones, mutilaciones, suciedad, peste, humillación, suicidio. Eso y la brutalidad de quien lo comete anida en el cerebro de muchos americanos. 

Por esto, la comunidad negra americana debe sacudirse en los momentos de máxima humillación para volver a recordar y a exigir. Más aún en medio de una pandemia gestionada de forma atroz y criminal por un blanco supremacista e ignorante; miembro de esa dinastía heredada que contempla los suplicios sin horror. De los que apoyan la perpetuación de un país extremadamente violento donde la muerte y el asesinato son derechos en un mundo sin orden. 

Un sistema policial y más aún mental en que el 13% de la población hinchada de todos los derechos del país más “libre” del mundo, es sin embargo maltratada como comunidad en los planos institucionales. Pero con una resistencia viva siempre latente, siempre erupcionando, llena de íconos, modelos, textos de lucha, premios Nobel. 

EUROPA

Ante la brutalidad de las imágenes de este asesinato, y movidos por la ola de movilización que todos pueden ver en sus redes sociales, las principales ciudades europeas quisieron mostrar su apoyo a la comunidad negra americana, el 7 de junio. Se insiste en que es un fenómeno “global”, aunque puede acercarse a “globalizador”: “la protesta contra el racismo se vuelve global”; “rechazo global a la discriminación racial” (Rafa de Miguel, el 7 de junio para El País). 

Por ejemplo, ese mismo sábado, miles de personas se concentran en Lieja, en Berlín, en Roma, en Varsovia o en Colonia. La reivindicación, como bien retrasmite la prensa, es global y general, en una “marcha contra el racismo”. Las proclamas, idénticas a las estadounidenses y en su mayoría en inglés. Los símbolos y gestos, también tomados de las luchas cívicas americanas.  

En la foto, en Colonia, leemos todas las pancartas en inglés: con tres razas enfrentadas y enunciadas: black / asian / white. Asumiendo el blanco (“while silence”) como parte de uno mismo.

Sin embargo, estas manifestaciones tienden, en los siguientes días, a incluir protestas locales. Pues las manifestaciones por la muerte de Floyd, al intensificarse en algunos países, han evolucionado con distintas caras. De la manifestación inicial en solidaridad por un hecho aislado (aunque comprendido dentro de una lucha racial secular en Estados Unidos), a una generalización sobre el racismo.  

En Francia, han evolucionado efectivamente hacia casos locales de violencia policial, en un país muy segregado; y han servido para reavivar la reivindicación no resuelta de la muerte en manos de la policía de Adama Traoré en 2016 en Persan (Val-d’Oise). Se alternan, entonces, las consignas internacionales “Black Lives Matter” con las locales, en francés (la más repetida, “Justice pour Adama”). 

(trad: Assa Traoré, hermana de Adama Traoré, durante la manifestación frente al tribunal de justicia de París el 2 de junio).

En Bélgica o en Inglaterra, las protestas se han ido encarando con las figuras de la colonización, destruyendo estatuas como se iniciara en los Estados Unidos. Puesto que, como apunta Mariano Martín Zamorano, estos iconos son el fundamento histórico de una opresión actual, “los fundamentos políticos y éticos que sustentan aquellos relatos históricos desplegados en el espacio público» (CTXT.ES, 16 de junio de 2020, “Los monumentos caen, pero los pueblos se levantan”) y que efectivamente siguen actuando en el presente: de forma residual y remota en los esquemas mentales de los herederos de esta ideología; en la estructura de algunos órganos institucionales (desde el Parlamento Inglés hasta la Unión Europea). Pues de estos símbolos nacieron esos esquemas que justificaron la esclavitud, y en ellos todavía se sitúa la gran falla social. 

Bello derrumbe de Leopoldo: II en Antwerp https://twitter.com/AJEnglish/status/1272446289909776384?s=20

Derrumbe de Edward Colston, Bristol – https://twitter.com/EpigramPaper/status/1269632939932954625?s=20

Sin embargo, en estos países como Bélgica, con su inmenso y cercano pasado colonial en África, no se debería caer en un excesivo culto al pasado y a sus figuras, que no deberían desplazar los conflictos raciales actuales (como los campos de refugiados y sus desmantelamientos – La Jungla de Calais solo está a 67km de Bélgica – ni la segregación fatídica en el barrio bruselense Molenbeek).  

ESPAÑA

En España, con nuestra proverbial solidaridad que se muestra en los momentos de máxima calamidad (tan admirada durante el confinamiento), muchas ciudades han mostrado su apoyo con el brutal asesinato de George Floyd, comprendido dentro de un abuso racial endémico a la sociedad americana. 

Convocados por la Comunidad Negra, Africana y Afrodescendiente” (CNAAE) el 7 de junio, 3.000 personas se manifestaron en Madrid, 3.000 en Barcelona, 200 en Valencia, 200 en Salamanca, 300 en Murcia, 400 en Logroño, etc. 

Pero, además, con la traducción literal que se acerca al orden latino “Vidas negras importan” se inicia en España la inserción en el combate racista que, como en el resto de Europa, también quiere pasar de una reivindicación global a una localización específica, a un debate interno. 

Proclamas

Marcados por la globalización, nos lanzamos a participar en un combate racial con un lenguaje que quiere ser universal, pero, como en el caso de los europeos a veces no llega ni a colonial

Las consignas son las mismas, muchas veces, en inglés. Los minutos de silencio hacia Floyd se transforma en un grito por “las vidas negras”, título tomado de la proclama americana (Black lives), y se repiten las frases: “No justice no peace”, “fuck Donald Trump”, “fuck the police”, “Black Lives Matter”, “Black is beautiful”; “Stop police brutality”, “No life matters until black lives matter”, “I can’t breath”, “Stop killin’ our people”, “Silence is betrayal”, “No hate, no racism, no trump”. 

Pero las proclamas en inglés, se alternan con otras en español: “aquí también hay racismo”, “las vidas negras importan”, “Floyd, hermano, nosotros no olvidamos”, “policía, asesina”, “ningún ser humano es ilegal”, “Todos podemos ser Floyd”; “Cada día ser negro es tener miedo a la policía”, “El racismo mata”, “Diferente color de piel, mismo color se sangre”, “El racismo es una pandemia mundial”, “Europa financia el abuso policial racista”, “España no es inocente”(Álvaro Minguito, El Salto, 8 de junio). Pues los convocantes de las manifestaciones son, entre otros, las organizaciones nacionales, CNAAE y el sindicato de manteros. 

Sin embargo, según El País, las consignas se dirigen solo al presidente Trump.  

Organizadores

Las manifestaciones estaban convocadas principalmente por la CNAAE, la Comunidad Negra Afrodescendiente y Africana en España, organización creada este mismo mes con el propósito de sumarse de forma colectiva a las reivindicaciones globales contra el racismo institucional y discriminatorio.  

El nombre de la organización, aunque algo difuso, trata de incluir a la mayor parte de la ‘comunidad negra’ de España. En su nombre mezcla el término ‘negro’ como comunidad – que, efectivamente, como se grita en todo el mundo y como ellos reivindican, sufre un acoso institucional en muchos países (de forma muy persistente en algunos de los países con mayor pasado-presente colonial en África – EEUU y Francia) por un esquema mental heredado, una ideología antigua y anclada, un abuso vigente de poder militar y político en África y otras regiones – con el término “africano”, que, aunque busque la máxima representación, participa de un racismo lingüístico y postcolonial que no reconoce ninguna representación política de esos países, ninguna identidad, solo residuos de la colonización y descolonización. Todo ello mezclado con el término “afrodescendiente”, acuñado (y casi desconocido de la prensa) por la Asamblea General de la ONU el 18 de diciembre de 2009, necesario para visibilizar a los nacidos en España, pero término que está relacionado aún con el anterior. 

La convocatoria quiere, además, sumar a las demás minorías de España, como muestra este tweet de la CNAAE. 

La misma heterogeneidad se expresa también en los convocantes a las manifestaciones. Por ejemplo, la lectura del manifiesto en Barcelona se hace en nombre de las demás comunidades amenazadas: “la comunidad negra, africana y afrodescentiente de España, personas del pueblo gitano, de Abya Yala, magrebíes, árabes, musulmanes y asiáticos, junto con el resto de personas aliadas antirracistas (y antifascistas)”. En esta mezcla, sin embargo, se confunden continentes enteros (África, Asia, América – con el nombre en lengua guna “Abya Yala”) con territorios demarcados (Magreb), con credos (el islam, y teniendo en cuenta que esta religión está presente en casi todos los territorios anteriores), con “pueblos” o “etnias” (pueblo gitano), y con ideologías políticas (antifascismo). La heterogeneidad se entiende por principios de solidaridad, aunque mezcle conflictos y términos.

Manifiestos y reivindicaciones

Las reivindicaciones de los organizadores de las manifestaciones en España, la CNAAE son urgentes y necesarias, y tratan de pasar del “negro americano” a lo local. 

Pues la organización busca, además de sumarse a la reivindicación global, visibilizar los conflictos raciales en España. Algunos de ellos son la escalada peligrosa de una extrema derecha caricatural en el sur de España, donde trabajan en condiciones inhumanas muchos trabajadores inmigrantes del país; la invisibilización de los “afrodescendientes”, en un país proverbialmente cerrado al resto del mundo durante largos siglos, personas tomadas muchas veces por grandes sectores de la sociedad con incredulidad (“También salimos a la calle el domingo para visibilizar que España no es blanca”, decía Jennifer Molina en eldiario.es); la permisibilidad desde hace décadas de las violencias policiales en las fronteras por parte de la Guardia Civil y del Ministerio del Interior (Tarajal); la brutalidad de los CIE; el falseamiento de la historia mundial; la desigualdad laboral; la ausencia total de respuesta política, y los prejuicios sociales y políticos, en general, que sustentan estos crímenes. En suma, lo que han llamado “el racismo institucional y social” que, denuncian en la CNAAE, “atenta contra las vidas negras, tanto de forma directa como de forma indirecta, con las condiciones de pobreza estructural, explotación laboral y falta de oportunidades a las que somos sometidas” (en el artículo “La comunidad afrodescendiente en España se moviliza tras la muerte de George Floyd: ‘Aquí también hay racismo’”, Gabriela Sánchez, eldiario.es, 3 de junio; también en el manifiesto).  

Los manifiestos oficiales de la CNAAE parten de la denuncia de “la violencia histórica y estructural a la que son sometidas las personas negras en Estados Unidos” (en el manifiesto de Barcelona), para señalar de forma directa algunos casos de violencia perpetrada por el estado español. En este sentido, se mezclan conflictos de distinta envergadura, y distinta mortandad y evolución, que los organizadores consideran con un mismo origen, con el objetivo, repetimos, de abarcar la máxima población discriminada y amenazada en España:

Nuestra denuncia va dirigida a todo un sistema que construye desde la marginalización, explotación, criminalización y asesinato de nuestros cuerpos negros. Por eso no dejamos de relacionar el asesinato de George Floyd con el de nuestros hermanos en el mediterráneo, con las 15 personas muertas en el Tarajal, con las muertes de Samba Martine, Lucrecia Pérez o Mame Mbaye, con la violencia hacia un menor y dos mujeres negras en la provincia de Girona, y con el resto de vidas negras arrebatadas por el racismo institucional y social que hay en España (Manifiesto leído en Madrid)

Si es cierto que todos estos crímenes tienen en común la brutalidad política y armada, basada en una desigualdad institucional discriminatoria y racista fundada en un pasado atroz y no analizado; en la simple enumeración podemos ver su diferencia de “trato” incluso por la CNAAE: “la muerte de George Floyd”, como vemos, alude a un conflicto político claro y lejano, con una popularidad internacional evidente; pero en la segunda, “las muertes del Mediterráneo”, no se especifica, ni el número (2.117 muertes en 2018, 1.091 en 2019), ni el origen, ni el conflicto del que se escapa, ni las condiciones, ni ningún nombre; “las 14 personas en el Tarajal” ya incluye un número y un lugar, pero se olvida de nuevo de los nombres, las nacionalidades, los contextos; y, por último, las tres últimas muertes por la brutalidad policial tienen nombre y apellido. 

Todo esto, que pertenece a una reivindicación necesaria y a una denuncia de un racismo de base a las sociedades occidentales, contiene, sin embargo, algunas imprecisiones que marcan esta desigualdad de poder y de trato por parte de todos (prensa, instituciones, gobiernos, universidades), y que no deberían reproducirse en un manifiesto tan solidario. 

La confusión no es solo en el manejo de datos sino en su análisis, más parecido, a veces, a una cólera local que a una inserción en un conflicto de atropello internacional. Por ejemplo, una representante sindical (del Sindicato de Estudiantes) mezcla a Trump con Abascal: “Estamos aquí para unirnos a los hermanos y hermanas de Estados Unidos, para señalar a los racistas. A Donald Trump. A Santiago Abascal” (Fuente: El País). Con lo que mezcla al defensor de un racismo institucional e histórico, presidente de uno de los países más contundentes a nivel policial; con un líder incendiario (y racista por supuesto) pero todavía (y gracias) escondido en un mero escaño. 

‘Negro’

Consideramos que esta confusión puede provenir, por un lado, de una confusión respecto a la palabra “negro” y, del otro, de un racismo histórico y vigente (en el gran drama mediterráneo) respecto a África. Pensamos que el esclarecimiento de estas realidades y la desmitificación de las palabras son necesarios para continuar con estas reivindicaciones locales, hermanadas con las globales. 

Nadie ha dudado en utilizar en las proclamas la palabra tomada del inglés “negro” (“black lives”). Como hemos visto, en Barcelona “Black is beautiful”. Ni tampoco la palabra “blanco”, como vimos en Colonia “White silence kills”, ni asiático. La propia CNAAE utiliza la expresión “Comunidad Negra”. 

En la renuncia, hasta ahora, de la palabra “negro” por parte de la prensa y de los comunicados oficiales de las organizaciones antirracistas, se cae en la palabra “afro”: “afrodescendiente”, “afroamericano”, “afrocubano”… Del África, como una entidad abstracta y olvidada. Un lugar alejado, del que el “afro-“ se ha despegado hasta tal punto que ha olvidado cuál era su país o su etnia. Cuando la prensa se acerca a África, África real, desnuda y maltratada, cuando llegan las noticias de ahogados, se lee a menudo “subsahariano”, “africano”… Jamás serán soninké, wolof, bambara; ni siquiera con los nombres coloniales camerunés, senegalés, nigeriano. O quizás peor aún, con su nuevo nombre establecido por la ONU: “migrantes”. Sin suelo, sin nombre, sin país. Sin jamás querer humanizar el conflicto ni sus situaciones sociopolíticas, sin jamás querer mostrar un interés por el origen ni la naturaleza de las huidas.  

La palabra “negro” que es un fuerte tabú para un europeo tiene distintos significados en cada sociedad. Cambia según el país como una muestra más de estas diferencias insalvables entre pasados y presentes. Mientras en EEUU “negro” se refiere a cualquier persona que tenga un porcentaje de sangre negra; en España negro no significa nada, no significa ningún tipo de entidad interior pero separada por una barrera “racial”, ni un sistema de medición médica. La palabra, negada por la prensa (empeñada en sus ‘subsahariano’, ‘africano’), es relegada a un uso caricatural en las conversaciones, o, como todos sabemos, en el uso racista que hacen de ella gran parte de la población, especialmente los defensores de la derecha. Como si, siguiendo el binomio orientalista, establecieran un ‘de aquí’ fijo e inmutable, y bendecido; opuesto a un caricatural ‘de ahí’ o negro. 

Referirse a esta comunidad (de los nacidos en el continente oprimido o de sus descendientes) por primera vez como ‘comunidad negra’ con esa palabra ‘negro’, aunque denote claramente la influencia globalizante del conflicto estadounidense, con unas circunstancias y una evolución que nos es totalmente ajena; podría ser el inicio de una reivindicación racial necesaria no solo en España (con una situación política siempre con pinzas) sino sobre todo en una Europa negando los derechos básicos a los migrantes. Partiendo con una España mestiza que (a diferencia de lo que ha hecho siempre) se pueda contemplar sin complejos, sin miedos, en todas sus representaciones y colores, y reivindicar la justicia y la solidaridad verdadera (y no solo la de los aplausos), capaz de incluirse en un conflicto de orden mundial, traspasándolo a unas reivindicaciones locales más que necesarias. 

Desde La Alcaparra, saludamos la iniciativa de la recién creada Comunidad Negra Afrodescendiente y Africana en España y comprendemos que la lucha por la emancipación de los pueblos y de las colectividades tiene que venir de una representación política e intelectual verdadera de las clases minoritarias: 

Toda medida contra el racismo que se realice debe contar con la participación de las organizaciones negras africanas y afrodescendientes. No permitiremos que se sigan haciendo políticas sin nosotras y nosotros (Manifiesto de la CNAAE, leído en Madrid) 

FIN

A menos de nueve kilómetros de nuestra costa, se alza un continente maltratado, repleto de las mismas tensiones y montañas de las que explota el grito en Estados Unidos. Con su base en el mismo centro: los “negros” esclavos, apartados, expoliados, maltratados desde la vieja concepción europea con la que se legitimó la esclavitud. Con sus territorios divididos, nombrados, despreciados y en algunos casos aún controlados por las potencias europeas coloniales.  

Las personas de África migran oprimidos bajo el peso de la guerra, el genocidio, la persecución, la violencia cruda, la violencia religiosa. Como los americanos ahogados por la policía, sin poder respirar; los malienses, guineanos, senegaleses, marfileños, sudaneses, somalís… se ahogan bajo el peso de unos conflictos inmundos. Ejercen una fuerza hacia fuera que, como me dijo Aya de Costa de Marfil “no puede operar dentro del país”. Su forma de explotar y desparramarse es yéndose de sus países hacia un nuevo horizonte. 

Sin embargo, en este huir ahogado, se encuentran ahogados de nuevo. 

El genocidio perpetrado por Europa no solo en la ausencia de acogida sino en la mala acogida, en la humillación constante sobre todo por parte de potencias políticas con ideologías resucitadas del siglo XX que no deberían existir, debe cesar. Y debe venir acompañado de una exigencia de humanidad, como en el caso de América. 

Debe partir de un rigor en los términos y de un desquite respecto al desplome moral y cultural que se ejerce desde organismos como la prensa, la gestión cultural y los partidos políticos. Contra ese ahogamiento identitario, se debe reivindicar la riqueza cultural que viene. Y así frenar lo que Edward Said llamó esa fragmentación de la realidad entre el Nosotros (blancos) y Ellos (orientales, negros) que solo sirve para polarizar la distinción entre unos y otros, y limitar los encuentros humanos entre distintas culturas, tradiciones y sociedades.  

A diferencia de Estados Unidos, la integración no debería barrer los orígenes ni quedarse en meras palabras postcoloniales como ‘afro-‘, ‘africano’. Precisamente porque las crisis en los EEUU nacen de un rebajamiento de la condición humana – una latencia de que los negros que ahí viven fueron traídos a la fuerza por primera vez, arrastrados, encadenados, violados, reducidos a cosas sin país ni anhelos. 

España, en vez de acogerse a conflictos ajenos y adoptar palabras extranjeras, podría tal vez, por primera vez, incluirse, afirmarse dentro de su colectividad política inmediata, Europa, y asumir su responsabilidad antirracista más inmediata: parar los genocidios y prácticas abusivas.   

 

NOTA:

Nos excusamos de las posibles inexactitudes e ignorancias que en este artículo pueda haber. Escribiéndolo nos damos cuenta del significado que tiene la palabra ‘minoría’ en la ausencia de una información clara y oficial en los medios de información, en la confusión reinante en las redes sociales sobre todos estos conceptos, y en nuestro propio desconocimiento cultural—. Marta Jordana  

*Las estadísticas de los EEUU son de la página oficial del FBI (2018): https://ucr.fbi.gov/crime-in-the-u.s/2018/crime-in-the-u.s.-2018/home 

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