El tango de los socorristas

Es frecuente oír que, ante un desmán, se ha de decir el pecado pero no el pecador; y, como en La Alcaparra somos unas grandes admiradoras de la sabiduría popular y la aplicamos siempre que está en nuestras verdes manos, hemos querido que nuestro primer Abucheo, nuestra primera inmersión en esa oscura ciénaga a la que llamamos “la cultura”, sea amable y pacífica y no se convierta en una caza de brujas, por necesaria que ésta sea. Así pues, a la hora de reseñar este maravilloso poema que hemos tenido la desgracia de conocer a través de las redes sociales, suspenderemos la asunción de responsabilidades y diremos que esta obra, a la que llamaremos El tango de los socorristas, ha sido pergeñada por un nutrido elenco de simpáticos tuntantes, entre quienes se encuentra nuestra caradura preferida, la siempre admirable Elsa Costurero.

Su regalo para el mundo es un inefable poema dedicado a la valentía y bondad de los héroes anónimos que en tiempos de crisis han ayudado, por pura abnegación, al prójimo. Qué decir del tema, salvo que es tan tedioso como promete. Lo que sí resulta sorprendente es que se hayan necesitado un mínimo de doce cabecitas para levantar este monumento a la banalidad; doce cabecitas, queridos amigos, han sido necesarias para demostrarnos que la gratitud y la admiración siempre vale más expresarla regalando un buen jamón; doce cabecitas para esta cosa que no puede dejar indiferente a nadie, pues es imposible permanecer serena ante semejante muestra de sentimentalismo exacerbado y semejante despliegue de imágenes sonrojantes. Imposible; es imposible leer esto que generosamente se nos regala y no acordarse de aquel famoso episodio de aquella famosa serie de animación en el cual el protagonista, queriendo invocar mediante un hechizo a un arrebatador príncipe azul, solo consigue traer una criatura deforme que, entre vómitos, en lo único en lo que puede pensar es en el alivio de la muerte.

¡Digámoslo, digámoslo! La sensiblería repulsiva de esto que hasta ahora hemos llamado poema sin serlo, y que tanta vergüenza nos causa, es un mal muy extendido ya en nuestra apreciada ciénaga, y quién sabe si ya inextirpable. Un alarde de mal gusto cuya popularidad debería ser causa de pesar, y cuya denuncia no es elitismo, sino imprescindible respeto a la dignidad humana. Una dignidad agraviada no solo por el mensaje y el tono, sino también por el envoltorio, una serie de imágenes de un surrealismo (involuntario) tan malo que ni siquiera un Dalí ebrio habría, por puro respeto a sí mismo y al conjunto de la humanidad, osado perpetrar. 

Qué más añadir sobre este poema: es, como el marqués de Bradomín, feo y sentimental. Si al menos fuese, como éste, católico, podría decirse de él que lo tiene todo.

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