Dolce far niente

· Álvaro Guillén ·

             En estos días en los que la vida se limita a las cuatro paredes de un cuarto, sin duda lo que más se echa de menos es aquello que nunca nos habríamos esperado perder; ahora que las antiguas molestias de bajar la basura y acompañar al perro en sus abluciones diarias se han convertido en privilegios codiciados, resulta difícil no entonar el nessun maggior dolore al pensar en en aquel deambular despreocupado bajo sol y nubes que era nuestra vida antes. ¿Cómo no lagrimear pensando en aquellos encuentros para ir a comer o para ir al cine o a un museo, para tomar un refresco o un vermut, para husmear en una librería o, simplemente, para dejar correr el tiempo en compañía?

             Si me paro a pensar en aquello que ahora mismo quisiera hacer ahí fuera y en aquello que haré en cuanto pueda, me doy cuenta de que lo mío es el ritmo lento, pues ninguna de las cosas que he mencionado se pueden disfrutar si pesa sobre ellas la amenaza del reloj. En circunstancias normales, los compromisos pueden llegar a ser muchos y a sucederse como las cuentas de un rosario, y no hay nada como la necesidad de ir de un sitio a otro con prisa y sin pausa para mellar el placer de las cosas. Qué bien lo dijo quien escribió que los relojes son el mausoleo de toda esperanza y deseo. Digamos pues que no todo es malo en nuestro confinamiento, y que para quienes detestamos la aceleración, este parón repentino ha sido también una ocasión para el disfrute. Nos ha dado el tiempo que necesitábamos para dedicárselo a cosas que deseábamos hacer y a las cuales nunca nos podíamos dedicar: tiempo para leer este libro, para ver aquella película, para escuchar cierto disco o para entregarnos sin remordimientos al más elevado de los placeres, que es el de la indolencia, el de recostarse y dejar la mente correr. No nos damos cuenta, pero cuanto más nos movemos más se embotan nuestros sentidos, y solo en la quietud, en el sabio dolce far niente o en el aburrimiento (sobre todo en este último) recuperamos la capacidad de sentir y la imaginación, sin las cuales la vida no merecería la pena.

             Y, sin embargo, los predicadores de la productividad y la eficiencia se han puesto en pie de guerra estos días, y vomitan desde sus púlpitos sus diatribas habituales contra los peligros de la relajación. No es sino una intensificación del mismo asco y hastío de vivir del que suelen hacer gala. Su credo, enemigo gris de la vida, se ha reconfigurado en las últimas semanas para que a nadie se le pueda ocurrir siquiera que quizás la humanidad no naciese para remover el polvo. Por eso nos machacan y nos informan a través de sus periódicos y televisiones de que los días han de aprovecharse pase lo que pase, de que hay que marcarse objetivos, diseñar horarios, seguir un ritmo constante, y, sobre todo, no darse ni un respiro a uno mismo ni permitirse disfrutar de algo. Lamentablemente, han tenido bastante éxito en sus prédicas; ya no necesitan imponernos nada, simplemente nos dan la cadena y nosotros, animalillos diligentes, nos la ajustamos en torno al tobillo. Y, por eso, lo más importante que podemos aprender ahora mismo es a decir, alto y claro, que NO. a resistirnos, a disfrutar de lo que podamos con calma, degustando cada segundo, en lugar de engullir sin ton ni son lo que sea que nos pongan delante. ¡Vade retro, kits de supervivencia cultural! ¡Atrás, consejos para sobrellevar el confinamiento! ¡Fuera de mi vista, trucos para aprovechar al máximo el tiempo! No os quiero ver ni en pintura. Mucho mejor aprovechar y aceptar el privilegio aristocrático de la dejadez, que solo ahora y por un tiempo limitado tenemos al alcance la mano; que ladren desde sus videollamadas y sus teleconferencias los gurús del emprendimiento. A fin de cuentas, es lo único que saben hacer.

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